
Ponerse de pie se consigue el primer día. Remar sin pensar en cada palada es otra cosa, y no tiene un plazo igual para todos.
Para empezar a hacer paddle surf basta con media hora de iniciación: en ese rato se aprende a subir a la tabla, a ponerse de pie y a avanzar en línea recta con el agua plana. Remar con soltura, girar sin perder el equilibrio y manejarse con algo de viento o rizado lleva más sesiones, y cuántas depende de cada persona y del estado del mar.
No hay un plazo fijo que valga para todo el mundo, y desconfía de quien lo dé. Lo que sí se sabe es qué ayuda a avanzar: salir con el agua plana de primera hora, hacer sesiones cortas y repetidas en vez de una muy larga, y no pelearse con el viento los primeros días. Con eso, cada salida se nota respecto a la anterior.

Lo justo para soltarse: cómo subir a la tabla desde el agua, dónde poner las rodillas y luego los pies, cómo coger el remo con la pala inclinada hacia delante, cómo dar una palada que avance y cómo caerse sin hacerse daño. Con eso ya se puede pasar el resto de la primera sesión de paddle surf remando, de pie o de rodillas.
La segunda media hora de esa primera hora es para practicarlo sin nadie encima. Es cuando uno descubre que mirar los pies desequilibra y mirar al horizonte estabiliza, y que las rodillas rígidas transmiten cada balanceo. Nadie sale de ahí remando con soltura, pero sí sabiendo qué tiene que corregir la próxima vez.
Tres cosas que no se dominan el primer día: ir recto sin cambiar de lado cada dos paladas, girar a voluntad y parar. Para ir recto se dan varias paladas por un lado y se cambia al otro, cambiando también las manos de posición en el remo. Para girar, la palada se abre en arco lejos de la tabla. Para parar, se mete la pala y se sujeta.
Después llega la parte que más cuesta y que más se disfruta: dejar de pensar en cada movimiento. Al principio uno va atento a los pies, al remo y al agua a la vez; con las salidas, el cuerpo corrige solo los pequeños balanceos y la cabeza queda libre para mirar la costa. Ese paso no tiene fecha, pero se nota cuando llega.
Hay señales concretas que sirven de examen. Pasar la estela de una lancha sin caerse, flexionando las rodillas. Cambiar el remo de lado sin que la tabla se tambalee. Volver al punto de salida contra un viento flojo sin tener que ponerse de rodillas. Remar mirando la costa y no la punta de la tabla.
Si se cumplen tres de esas cuatro, se puede pensar en salidas algo más largas o en días con algo de brisa, siempre por debajo de 15 nudos. Si todavía cuesta, no pasa nada: se repite con agua plana. Lo que no conviene es saltarse esa fase y salir con rizado antes de tener el equilibrio asentado, porque se pasa la sesión en el agua.
El estado del mar influye mucho, a menudo más que la persona. Quien aprende un día de agua plana, a primera hora, avanza mucho más que quien se estrena a media tarde, con la brisa térmica levantando rizado desde el mediodía. Por eso dos personas con el mismo equilibrio pueden contar experiencias muy distintas de su primer día.
Después cuenta la confianza en el agua: quien nada con soltura y no teme caerse se relaja antes, y en una tabla la tensión es lo que más tira. También cuenta la constancia: varias sesiones cercanas entre sí fijan lo aprendido mejor que una suelta cada mucho tiempo. La fuerza, en cambio, importa poco, porque la palada sale del tronco y no de los brazos.
Para empezar, una hora por sesión es suficiente: media de iniciación y media de práctica el primer día, y una hora de práctica las siguientes. Alargar más cuando aún se cae a menudo solo cansa los hombros y empeora la postura, y lo que se repite cansado se aprende mal.
Mejor dos o tres sesiones de una hora en días cercanos que una de tres horas. En temporada baja, de octubre a mayo, la tabla se reserva de un día para otro, lo que permite elegir las mañanas de calma mirando la previsión del mar. En julio y agosto conviene reservar con días de margen.
Cuando lo básico sale sin pensar. Con viento, la tabla se va de lado y hay que corregir el rumbo con más paladas por un costado; con rizado, las piernas trabajan todo el rato. Son buenas sesiones de aprendizaje, pero no para el primer día. Si se nota que no se avanza, se pasa a remar de rodillas, que ofrece menos superficie al aire.
El límite no lo pone solo la técnica. Entre 15 y 20 nudos el material ligero no sale, y con terral, el viento de tierra del norte o del noroeste, la tabla se aleja de la orilla aunque el agua parezca quieta. La regla vale para cualquier nivel: remar primero contra el viento y volver con él a favor, y siempre cerca de la costa.
El equilibrio que se gana en la tabla sirve en otros deportes acuáticos. El jet surf, una tabla con motor que se maneja con un mando de mano, se hace en turnos de 15 minutos con monitor, y el primer turno se va en aprender a levantarse. El kneeboard, que se hace de rodillas remolcado por una lancha, es lo más fácil para empezar en los deportes de arrastre.
Si lo que se busca es remar sin pasar por un aprendizaje, el kayak no exige aprender nada: se sube, se coge la pala y se sale. Una pareja puede combinar los dos en la misma mañana, uno en tabla y otro en kayak, y cambiarse a mitad. Todo sale del Puerto Deportivo de Fuengirola y de la playa de al lado.
Si no está aquí, llámanos: en dos minutos te lo resolvemos por teléfono.
En un día se aprende a ponerse de pie y a remar con agua plana: con media hora de iniciación basta para empezar. Remar con soltura con viento o rizado lleva más sesiones.
Ayuda más la confianza en el agua que la fuerza, porque la palada sale del tronco. Las sesiones cortas, de una hora, evitan cargar los hombros los primeros días.
La primera de la mañana, con el agua plana y poco tráfico cerca de la orilla. A partir del mediodía entra la brisa térmica y el rizado lo complica.
Déjanos el teléfono y te llamamos. En julio y agosto conviene reservar con antelación.
Puerto Deportivo de Fuengirola, local 367. Se puede pasar y ver los barcos antes de reservar.
Sin coste. Nunca compensa salir a ver qué pasa.
Chalecos para todos los tripulantes, incluidos en el precio.